Moebius [Jean Giraud]
Moebius - Una vida en imágenes por omicronpersei
1984 GRAN HERMANO george orwell (spanish)
1:45:38
Mil novecientos ochenta y cuatro (más conocida como 1984)
(en inglés Nineteen Eighty-Four) es el título de una novela de política ficción distópica escrita por George Orwell en 1948 y editada en 1949. En la novela el estado omnipresente obliga a cumplir las leyes y normas a los miembros del partido totalitario mediante el adoctrinamiento, la propaganda, el miedo y el castigo despiadado. La novela introdujo los conceptos del siempre presente y vigilante Gran Hermano, de la notoria habitación 101, de la ubicua policía del pensamiento y de la neolengua, adaptación del inglés en la que se reduce y se transforma el léxico -lo que no está en la lengua, no puede ser pensado-. Muchos comentaristas detectan paralelismos entre la sociedad actual y el mundo de 1984, sugiriendo que estamos comenzando a vivir en lo que se ha conocido como sociedad Orwelliana. El término Orwelliano se ha convertido en sinónimo de las sociedades u organizaciones que reproducen actitudes totalitarias y represoras como las representadas en la novela. La novela fue un éxito en términos de ventas y se ha convertido en uno de los más influyentes libros del siglo XX.
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Hoy...
A SMCM
Hoy es un día más
en el cual la apetencia
se reduce al sinsabor mórbido
de la muerte
la sumatoria única
de las rutinas
hostiga hasta alcanzar
un vacío plomizo
que devora
insaciable
lo que sospechábamos
era la salvación misma
Hoy
es el eterno retorno
de otro clepsídrico abatimiento
con el que el ralo gusto a olvido
teje la maraña cómica
con la que trato de convencerme
sobre el sentido de continuar respirando
la armazón arcáica de los sueños
suturada con la argamaza
del aburrimiento
se derrumba suavemente
acrecentando el insostenible fardo
de la renuncia
Hoy
como casi todos los días
me elevo loas reiteradas
llegando incluso a considerar
la creencia de poder ser feliz
incluso a solas
pero la vaharada acuosa
latente en el exhalar espasmódico
de la desdicha
confirma la orden de izar las velas
para partir sin rumbo
ahora sí realmente decidido
a suprimirme
como una molesta mosca
revoloteando insistente
sobre la sopa salobre
de un día invadido
por un recuerdo doloroso
Hoy
como otras tantas ocasiones
vienen los adioses a incorporarse
como estrategia subrepticia
efectiva
para elevar la torre de la mortificación
desde cuya amarga cúspide
podré lanzarme
de una vez por todas
al vacío...





La cruz de hierro
Como oficial de reserva de la primera guerra mundial conservaba todavía un revólver, así como una carga de diez municiones.
Cuando su esposa salió de la cocina con la cena, él se encontraba de pie junto a la mesa limpiando su arma. A la solapa llevaba prendida la Cruz de Hierro, como solía hacerlo sólo en días festivos.
El Führer eligió la muerte voluntaria, contestó a la pregunta de su mujer. Que él le sería fiel y si ella estaría dispuesta a seguirlo también. En cuanto a su hija no tenía ninguna duda de que preferiría una muerte honrosa a manos de su padre que una vida sin honor. La llamó. No lo decepcionó.
Sin esperar la respuesta de su esposa, las exhortó a ponerse sus abrigos, dado que para no causar escándalo las llevaría a un sitio apropiado afuera de la ciudad. Ellas obedecieron. Él cargó el revólver y dejó que su hija le ayudara a ponerse el abrigo, cerró la casa y echó la llave por la rendija del buzón.
Estaba lloviendo cuando caminaban por las oscuras carreteras afuera de la ciudad; el hombre adelante, sin volverse a mirar a las mujeres que le seguían a distancia. Él percibía sus pasos sobre el asfalto.
Tras haber dejado la carretera y tomar el sendero del bosque de hayas, se volteó a mirarlas por encima del hombro y las hizo apresurar. Con el viento nocturno que empezaba a soplar más fuerte sobre el llano sin arbolado, en el suelo mojado por la lluvia sus pasos no hacían ningún ruido.
Les gritó que se adelantaran. Al seguirlas no sabía si tenía miedo de que ellas huyeran o si él mismo deseaba huir. No tardó mucho para que ellas le sacaran ventaja. Cuando ya no podía verlas supo que tenía demasiado miedo como para huir simplemente, y cuánto deseaba que ellas lo hicieran. Se detuvo a desaguar. Traía el revólver en el bolsillo del pantalón y lo sentía frío a través de la delgada tela. Cuando empezó a andar más aprisa para alcanzar a las mujeres, a cada paso el arma golpeaba su pierna. Caminó despacio. Pero al llevarse la mano al bolsillo para deshacerse del revólver vio a su esposa y a su hija. Estaban paradas en medio del camino, esperándolo.
Había querido hacerlo en el bosque pero el peligro de que se oyeran los tiros era menor aquí. Al tomar el revólver con la mano y quitar el seguro, su mujer se le colgó al cuello en medio de sollozos. Pesaba mucho y no sin esfuerzo se la quitó de encima. Se acercó a su hija que lo miraba fijamente, le puso el revólver en la sien y jaló del gatillo con los ojos cerrados. Tuvo la esperanza de que la bala no saliera, pero la oyó y vio cómo la muchacha se balanceaba y se desplomaba.
La mujer temblaba y pegaba de gritos. Tuvo que sujetarla. Sólo después del tercer tiro se quedó quieta.
Estaba solo.
No había nadie que le ordenara llevarse a la propia sien el cañón del revólver. Las muertas no lo veían, nadie lo veía.
Guardó el arma y se inclinó sobre su hija. Luego echó a correr.
Corrió de vuelta por el camino hasta la carretera y recorrió un tramo de ésta sin dirigirse a la ciudad, sino al oeste. Luego se sentó a la orilla de la carretera, apoyando la espalda en un árbol y recapacitó sobre su situación, respirando con dificultad. Encontró que había algo de esperanza. Tenía que continuar hacia el oeste sin pasar por los próximos pueblos. En alguna parte podría esconderse; lo mejor sería una ciudad más grande, con un nombre extranjero, y ser un refugiado desconocido, común y corriente, sin empleo.
Echó el revólver a un hoyo de la carretera y se puso de pie.
Traducción de Ricardo Corchado